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Bienvenido al Blog de un tío un tanto idiota. Aquí encontrarás relatos y digresiones, pero nunca nada ni remotamente últil. También hago cómic.

20130907

Suum Cuique Tribuere, Parte 6.

Mi nombre es Oropótamos. Pero he tenido muchísimos nombres más. Or, Oro, Eurós, Ropotan, Orohpotam, Orus Potham etc. Me acuerdo de todos y cada uno de ellos. De hecho, Oropótamos es un constructo artificial que mezcla casi todos mis nombres en una única palabra. No me gusta nada. Absolutamente nada. Pero los Burócratas dijeron que todos necesitabamos un nombre. Incluso nosotros. Los dioses. Sí, utilizo la palabra Dioses sin ningún reparo. Es lo que somos. No “individuos privados de muerte”. Vamos, eso es estúpido. Yo ví con mis ojos como el bueno de Turgud moría, atravesado por una espada. Y cómo el Tkcha fue enviado a vagar en soledad a lo más profundo del espacio ¿No es eso la muerte? ¿Y yo? He visto morir a la mayoría de personas que he considerado amigos. Que yo sepa, eso no se puede considerar “estar privado de la muerte”. De hecho, estoy mucho más cerca de ella que casi todos. Cuando me llamaban Orophan, el Testigo, realmente querían decir Orophan, el Testigo de la muerte. Por lo que he comprobado, la mayoría de Dioses y humanos que he conocido en estos millones de años no son capaces de recordar todo completamente. “Olvidan”. Por lo tanto, uno de mis “Dones” divinos parece ser una memoria absoluta. Alguna vez, en algún momento de gran tristeza o desolación, he pensado que me gustaría sentir eso de olvidar. Pero luego he descubierto que la gente sólo se olvida de los detalles nimios. Nunca de las grandes cosas. Así que bueno. Tampoco es que tenga mucha envidia. Esa memoria perfecta me había apartado siempre de escribir estas memorias ¿Para qué voy a escribirlo, si simplemente necesito recordarlo? Pero, curiosamente, siempre sentía una necesidad imperiosa de escribirlas. Estúpido. Estupidísimo. Es como si una voz me susurrase al oído que las escribiese. De hecho, empecé a hacerlo hace mucho, en piedra, antes de que existiese la escritura como tal. Los “Glifos de Phatdomos”. Que dieron muchísimas vueltas, primero entre tribus, entre reinos después, y hace unos ciento y algo años entre los arqueólogos, pensando que eran mágicos. Aunque, por lo que sé, creo que se basaron en esos dibujos de adolescente emocionado por su primera experiencia sexual para construir la primera lengua escrita. Y luego, a los burócratas les parece que no es correcto llamarnos “Dioses”. Cojones.

El caso es, que aquella Pseudo-escritura de los Glifos de Phatdomos hablando de las tetas de Herp no se podría considerar unas memorias, así que esa “llamada a escribir” siguió dando vueltas en mi cabeza. Hace unos cien años, con la muerte de Margoreth, que fue casi como una liberación ya ,porque la chica ni fu ni fa, me dije a mí mismo “llegó el momento de hacerlo”. La verdad era que sí, era el mejor momento. Durante la enfermedad de Margoreth había descubierto, que, una vez superada la frontera del hambre, no necesitaba comer. Y con Margoreth muerta no tenía nada, absolutamente nada que hacer. No tenía que trabajar para conseguir dinero, ya que no necesitaba comida, y tenía grandes provisiones de tinta y papel que Margoreth había acumulado tontamente en su etapa de “quiero ser poeta”. Pero en lugar de ponerme a escribir, me senté en un butacón y me quedé ahí. Dormía cuando me llegaba el sueño y me despertaba despacio cuando sentía que mi cuerpo no podía mantenerme dormido por más tiempo. Mientras mantenía los ojos abiertos iba viendo como el polvo se iba posando sobre el salón. Cómo las arañas formaban telarañas, alguna de ellas utilizándome de punto de apoyo. Oía cómo los niños del barrio señalaban a mi casa y decían que estaba embrujada. Cómo tiraban piedras. Cómo alguno de ellos se llegaba a atrever a entrar, pero se cagaba de miedo al verme ahí, sentado, ni despierto ni dormido. Y así se pasaron cien años. Así que esta mañana, al fin, tras conseguir superar la pereza, decidí levantarme e ir a escribir. Y aquí estoy.
Me llamo Oropótamos y estas son mis memorias.
Nací en la Erupción del volcán que hoy día llamáis Tyatya. Bueno, mi “hoy día” es más o menos hace cien años. Pero vamos, esas cosas no suelen cambiar mucho. Igual ahora se llama Tyat. Los nombres, con el tiempo tienden a ir haciéndose más fáciles y tontos. Pero eso los burócratas no lo saben. Y agarran y me ponen a mí de nombre “Oropótamos”. Manda cojones. Bueno, pues eso, que, a ver, Nací exactamente en la explosión. De lo de antes no recuerdo absolutamente nada. El calorcito del magma y sonidos profundos.Pero igual ni existía y lo que es la explosión me creó. O igual llevaba en el magma millones de años, desde el origen del universo. Cuando salí fuera, a la atmósfera, el ruido la explosión y toda la mierda me hicieron llorar. Y nada, me quedé ahí, entre el magma que se solidificaba lentamente a mi alrededor. Un animal gigantesco, que los paleoantropólogos hace cien años bautizaron como León Kindral, me olisqueó y me dejó. Cuatro meses y dos días más tarde vino un grupo de humanos y diciendo tonterías en una lengua que tardé tres o cuatro años en acabar de comprender del todo. Era una tribu de Mestizos. Mestizos de Prehombres y hombres. Creo que es insustancial para la historia el número de individuos de la tribu, aunque, me parece importante señalar que Norns-sorns, el líder, tenía una ceja con 1500 pelos más que la otra. Sin embargo, en el resto de los miembros de la tribu, las cantidades de pelos en cada ceja eran más regulares. Llegando hasta el caso de la bella Tiad-tiar, que, durante 8 de los 10 años que la conocí, tenía exactamente el mismo número de pelos en cada ceja. Creo que por eso me parecía tan guapa. Y eso que, leches, tenía el rostro carente de barbilla típico de los Prehombres. Caminaban hacia el Norte. Entre los grupos humanos de esa zona, corrían leyendas sobre unos valles prósperos muy al norte. Me uní a ellos, o mejor dicho, me recogieron. La anciana Maed-Maer me cuidó durante mis primeros 37 días, en los que dimos en torno a ciento treinta pasos cada día. Algunos días más y otros días menos. Eso ya en función del clima y si el terreno era más o menos escarpado. Pasados esos 37 días Maed-Maer murió y pasé a ser cuidado por Yandre. Yandre era mucho más humana y menos prehumana. La diferencia entre sus cejas era únicamente de 80 pelos. Andaba muy deprisa y por las noches me cantaba canciones. Ninguno de los otros cantaba canciones. Eso me hacía pensar que Yandre provenía de otro grupo. Pero tampoco lo puedo asegurar. No entendía del todo su idioma. En los 13 meses que pasé con ellos antes de que fuesen exterminados por bestias salvajes (Todos excepto la bella Tiad-tiar, a quien salvé la vida) llegué a entender su idioma lo suficiente como para descubrir que yo no era lo mismo que ellos y que ellos pensaban que yo sí que era como ellos. Unos idiotas. Tiad-Tiar, aquel día descubrió que yo era diferente. Pero se lo guardó para nosotros dos. Y luego al final murió.

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